Leer el tarot de Marsella: la ciencia de lo circunstancial
julio 11th, 2010 § Dejar un comentario
Leer el tarot de Marsella: la ciencia de lo circunstancial
Una ’patafísica elucubración sobre la ’patafísica del tarot de Marsella
1.
El interés del poeta André Bretón en el tarot de Marsella estuvo a la par de su interés en la obra de Jean-Pierre Brisset. Brisset dedicó su obra completa a demostrar cómo el hombre descendía de las ranas. Más allá de su memorable postulado, lo que hace fascinante el trabajo de Brisset es que toda su evidencia fue… ¡lingüística! Tomemos por ejemplo esta oración de su libro ‘La ciencia de Dios, o la creación del hombre’, publicado en 1900:
“Jʼai un lʼeau, je mans (Yo tengo el agua, yo como), que deviene en jʼai un logement (Yo tengo una casa), nos muestra que la primera casa fue en el agua y que la gente comía allí.”
En sus escritos, Brisset asume que la conexión formal entre las palabras -francesas- que se usan para nombrar dos cosas aparentemente distantes (el hombre y… bueno, las ranas) como prueba objetiva de su conexión científica. ¡No el vano Brisset es considerado un santo ’patafísico! Sus devaneos lingüísticos son de interés para nosotros porque sus juegos de palabras se acercan a lo que los franceses definen como ʻla langue des oiseauxʼ, un juego basado primordialmente en homofonías, en el cual la duplicidad en el sonido -o forma- de las palabras se usa para resaltar dobles sentidos, y también, conexiones inusitadas que pueden ser tanto risibles como inspiradoras. Sobre todo, la conexión de Brisset con la ’patafísica es significativa para nosotros, en tanto que la ’patafísica nos permite ubicar al tarot de Marsella dentro del contexto de una tradición poética, tanto desde un punto de vista cronológico, como operativo.
La ’patafísica se ha definido como “la ciencia de las excepciones” (imaginamos que esto fue una excepción). Nos resulta sugerente pensar que la tradición marsellesa ha utilizado siempre al tarot dentro de un contexto ’patafísico; incluso si (o precisamente porque) lo ha hecho inconscientemente. Quizás será más sobrio decir que la tradición del tarot de Marsella pertenece, inconscientemente, a una tradición poética que emerge de la ’patafísica de Alfred Jarry e informó, directa o indirectamente, a grupos como Dadá, los Surrealistas o Oulipo, entre otros.
El restaurador de tarots Jean-Claude Flornoy sospecha que hubo una etapa visual de la langue des oiseaux (la lengua de los pájaros) que puede haber precedido a la etapa visual que se conoce actualmente. Los autores contemporáneos especializados en el tema, como Luc Bigé o Yves Monin, se enfocan exclusivamente en la palabra. Sin embargo, ese tipo de juegos de palabras recuerdan la idea de encontrar conexiones visuales entre los detalles de las cartas del tarot que es típica (se diría que exclusiva) de la tradición del tarot de Marsella: “El arcano número Trece muestra al esqueleto de El Loco”, “la pared tras los mellizos en El Sol esconde la tumba que vemos el El Juicio”, etcétera. Las conexiones circunstanciales sugeridas por esas homofonías visuales son tomadas como prueba concluyente de que algún conocimiento oculto pervive en las imágenes. Como resultado directo de esto tenemos la máxima deliciosamente masturbatoria -y funamentalmente patafísica- que reza: “debe haber un secreto allí, puesto que no lo conocemos”. Esta tesis, que pertenece a lo que podríamos llamar el folclore del tarot de Marsella -una subdivisión dentro de su historia general- ha sido propagada por autores como Tchalai Unger y Philippe Camoin, ambos activos en el siglo 20, el siglo de los ’patafísicos.
El folclore del tarot de Marsella hilvana una serie de pequeñas conexiones circunstanciales como: “La Justicia lleva al rededor del cuello la soga con que colgar a El Colgado”. (Este es un ejemplo verdaderamente excepcional, puesto que dicha soga no se observa en ningún otro tarot, e incluso en el de Marsella parece más bien la orla de una toga). Puesto que esas coincidencias no amontan a un sistema o diseño coherente o cohesivo, se insertan perfectamente dentro de una “ciencia de las excepciones”. Sin embargo, todas esas conexiones visuales se toman como prueba objetiva de las intenciones de quienes grabaron las imágenes. Si bien la lectura de todos esos detalles como un cuerpo de conocimiento oculto (y bastante contrahecho) no ofrece ninguna ventaja a nuestra comprensión histórica o iconográfica del tarot de Marsella (a menos claro que veamos el folclore como parte de esa historia), sí constituye una mina de poesía ’patafísica. Se dice que “las obras que se insertan dentro de la tradición ’patafísica tienden a enfocarse en el proceso de su propia creación, y los elementos del azar o escogencias arbitrarias son usualmente clave en esos procesos”. Tal como los miembros de Oulipo se hicieron notorios por imponerse límites caprichosos en su trabajo, quien quiera que lea el tarot de Marsella acepta la tarea de crear una narrativa coherente mientras está sujeto al azar y las probabilidades matemáticas. (En beneficio de lo circunstancial hay que decir que Italo Calvino, cuyo ‘El Castillo de los destinos cruzados’ fue compuesto bajo las limitaciones implícitas en usar un mazo de tarots, extendido en una mesa, en una configuración definitiva, fue en su momento considerado un miembro de Oulipo).
Puesto que la poética del tarot es la poética del azar, y puesto que el proceso seguido por Calvino resulta más memorable que sus resultados (tal como ocurre con toda lectura del tarot que no tenga un sentido moralizante), proponemos a Calvino para el Olimpo de la literatura ’patafísica. Acto seguido, nos gustaría contradecir a Alejandro Jodorowsky, que ha definido al tarot como una “máquina metafísica”, y redefinirlo como una “máquina ’patafísica”, porque el tarot no pude usarse para entender lo que es real, sino para entender cómo lo que no es real puede realizarse. En su libro ”Pataphysics, the Poetics of an imaginary science’, el poeta Christian Bök escribe: “para la ’patafísica, toda ciencia lo suficientemente arcaica debe parecer mágica”. Al tornar a cualquiera que lo use en ’patafísico, el tarot de Marsella se convierte en una herramienta de una obsolescencia inigualada a la hora de enfrentar el futuro. Si Alfred Jarry, el padre de la ’patafísica, la definió como “la ciencia de las soluciones imaginarias”, nosotros podemos afirmar sin titubeos que dicha definición describe perfectamente al acto de escoger el curso de la vida basado en una tirada de cartas.
2.
Hasta ahora nos ha sido problemático conciliar los hallazgos históricos verificables con la poética del tarot de Marsella. La iconografía nos dice que la serie de triunfos presenta un mensaje bastante especifico: “solo la virtud triunfa sobre las viscicitudes de la vida”. Si bien este mensaje resalta cuan brillante es el diseño de la serie, y permite un sobrio uso homilético del tarot, también limita las posibilidades de leer cualquier otra cosa en las cartas. ¡El mensaje no deja espacio a excepciones! Contraria a este mensaje iconográfico tenemos a la tradición óptica de origen francés, la cual sugiere que el tarot de Marsella responde a un esquema holográfico, en el cual un ‘secreto’ ha sido oculto en la interrelación de los mas diminutos detalles en las cartas. No podemos mas que celebrar dicha tesis como un inconsciente gesto poético. (La naturaleza ‘patafisica de esta afirmación tiene también un carácter inconsciente, puesto que sus autores no ven nada subversivo en afirmar que la ausencia de comida para unicornios en las tiendas de mascotas es prueba de la naturaleza esquiva de dichas criaturas).
Sin embargo, el problema seguía presente. Una adherencia absoluta al mensaje iconográfico del tarot de Marsella reduce los juegos analógicos que pueden jugarse con las cartas. La solución a este conflicto nos fue dada en el concepto de anagrama. Si tomamos la serie de triunfos, en su orden original, como nuestra oración ‘fuente’, notaremos que al recombinar dicha oración, o partes de ella, obtenemos nuevos anagramas de la oración fuente, y cada uno revela nuevos mensajes y significados. Creemos que esta es una noción importante.
Junto con la homofonía y la etimología, recombinar y revertir palabras nos permite descubrir lo que estas ocultan. Los mismos principios pueden aplicarse al tarot de Marsella. Después de todo, esas herramientas constituyen los gestos fundamentales de la largue des ouseaux. Proponemos que la importancia de esos juegos de palabras dentro de la tradición del tarot de Marsella ha sido injustamente ignorada. Los franceses juegan con los detalles de las cartas del mismo modo en que juegan con las palabras. La tradición del tarot de Marsella es producto de la relación única que los franceses tienen con su lenguaje. ¡Este es un hallazgo extraordinario! Como forasteros, no podemos sino maravillarnos ante el hecho inexplicable de que la mayoría de los autores franceses prefieran dar esta conexión por descontado para dedicarse a investigaciones mas arcanas. ¡No solo la lengua francesa se presta maravillosamente para los juegos de palabras, sino que a los franceses les encanta jugar con su lengua,
Al analizar la obra de Brisset (Sept propos sur le septième ange, Paris, 1970), Michel Foucault ofrece una metáfora extraordinaria: “los chances de que un dado caiga siete veces en el mismo numero son extremadamente raros”. Brisset nos ha enseñado que la misma palabra puede significar siete cosas distintas. La implicación de concebir a las imágenes del tarot como dados que no necesariamente han de caer siempre del mismo lado es extraordinaria, en tanto que nos permite convertir cada lectura de una imagen en su propia excepción. (También nos permite decir “¡Foucault me hizo hacerlo!“)
Para los fenicios, la letra X representaba la demarcación de un punto. Los pozos de agua suelen marcarse en los mapas, y la letra X nos muestra a una zorra bebiendo agua de un pozo, su cabeza reflejada en el espejo del agua. Una zorra sólo se anima a beber si se siente a salvo. Para los fenicios, la letra O representaba un ojo, y la letra K representaba las líneas de la palma de la mano. ‘O.K.’ muestra un ojo mirando la palma de una mano vacía, que no oculta nada (por ejemplo, un arma con que cazar zorras) y por lo tanto la zorra sabe que beber agua donde la X marca el punto es O.K. Como es seguro, no solo la zorra, sino toda clase de animales, vendrán desde las cuatro esquinas de la tierra a saciar su sed, tal como lo sugiere la letra X. (X es el numeral romano para el número 10. Ahora sabemos por qué en el tarot la carta numero diez muestra el mayor numero de elementos). Nuestra insistencia en utilizar al alfabeto para ilustrar nuestra comprensión del tarot de Marsella viene del notar como la manera en que usamos el lenguaje refleja en modo en que pensamos. Las palabras son pensamientos desnudos. La inclinación del pueblo francés a reconocer patrones da cuenta tanto de la largue des oiseaux como del tarot de Marsella. Ambos son las dos caras, fonética y visual, de la misma moneda poética. En ‘El castillo de los destinos cruzados’ Italo Calvino nos dice que el As de Oros es una moneda que alguien echó al aire, pero terminó atascada de canto en unos matorrales, ¡ni cara ni sello! Ese es un echar a suertes ‘patafisico.
La lengua francesa tiene una palabra que contienen las cinco vocales, oiseaux (pájaro). La lengua inglesa también tiene una palabra, eunoia (pensamiento bello). La lengua española tiene varias de dichas palabras, empezando por eufonía (bello sonido) y eulogía (Bello hablar). Curiosamente, si aceptamos que las vocales son el alma de las palabras, veremos como eunoia, eufonía y eulogía tienen todas la misma alma. No podemos sino encontrar magia en todas esas coincidencias.
Cuando se trata de homofonía, la lengua inglesa parecería mas cercana a la francesa que nuestra nativa lengua española (aunque hemos logrado resultados extraordinarios murmurando palabras es español en un kazoo). Pero el inglés se asemeja al francés tanto como los movimientos de un bailarín de salón en Wisconsin recuerdan al ritmo de un mulato cubano. La lengua francesa (tanto el músculo como el idioma) permite juegos extraordinarios que no hemos encontrado en ninguno de los otros lenguajes que no entendemos. (Recuérdese que no entender un lenguaje es fundamental para poder apreciar sus formas). Es esa cualidad lúdica extraordinaria la que transformó al tarot de Marsella en una casa de espejos.
La tradición del tarot de Marsella ha transformado las excepciones de su propio lenguaje en un sistema. Para saborear la naturalezas ‘patafisica de este tipo de poesía bastarán dos deliciosos ejemplos. El primero viene de Philippe Camoin. (El método de Camoin para interpretar el tarot nos lanza de lleno en un universo ‘patafisico, comenzando por el hecho de que, aunque Camoin acepta que el tarot de Marsella trae en si mismo las claves de su decodificación, él se asume único dueño de esas claves). Camoin nos da la Ley de los dúos, según la cual “siempre suele haber una relación entre dos cartas”, excepto cuando la Ley de los tríos entra en vigor, en cuyo caso “siempre que hay una relación entre tres cartas, la tercera mostrara una variación”; excepto cuando la Ley de los Cuartetos entra en vigor, en cuyo caso, “siempre que hay una relación entre cuatro cartas, la cuarta mostrara una variación”. Camoin incluso nos da una Regla de la excepciones, la cual básicamente revierte su Ley de semejanza, que reza: “numerosos ejemplos abundan en los que una carta muestra semejanza son otra”. Es decir, las cartas siempre guardan semejanza entre ellas, excepto cuando no hay semejanza.
Nuestro segundo ejemplo proviene de Tchalai Unger. Si el título de su libro: “El Tarot, Una respuesta del futuro” (París, 1985), no es lo suficientemente ’patafísico, tenemos esta perla que habría enorgullecido a Brisset: “Llamar “El Loco” a la carta que lleva el nombre de Mat, es privarse de una fuente de información muy rica, (cuenta las letras que aparecen más a menudo en los nombres, ¿qué palabras forman?) Además es congelar el significado de la carta y suprimir todo el espesor que el inconsciente otorga a los juegos de homofonía. En efecto, el nombre no actúa únicamente en su aspecto visual en cuanto a la ortografía del nombre, sino que también por su sentido y su pronuncianción. El Mat, del árabe mat, muerte, no se dice en el juego del ajedrez más que del Rey, el cual entonces no puede dejar su sitio sin que le cojan. Además el Mat que no tienen número, no tiene sitio, está fuera del orden tangible, y sin embargo, se va. Esta aparente paradoja se ve enriquecida por otros significados varios: la mata es una mezcla de sulfuros de hierro y de cobre; un objeto mate no tienen brillo, del latín mattus; el mástil de una nave es perpendicular al puente, permite enganchar las velas, y por tanto el avance del barco.”
Tanto en el caso de Camoin como en el caso de Unger, la realidad es apenas un punto de partida el cual pronto abandonamos mediante saltos sucesivos. Mientras la longitud de casa salto parece lo suficientemente razonable, el efecto total es consistente con lo que el escritor Pablo López ha definido como “patáfora”, esto es: “una metáfora extendida que crea su propio contexto” o mejor aún “lo que ocurre cuando la cola de una lagartija crece tanto que se cae y le crece una nueva lagartija”.
Por lo tanto, podemos describir a la tradición del tarot de Marsella como una verdadera “ciencia de lo circusntancial”, donde detalles iconográficamente irrelevantes adquieren una importancia fundamental y todo lo que vemos se asume como parte de un esquema mayor, aunque imposible de verificar. Aquí nos encontramos, de nuevo, frente al gesto de Jean-Pierre Brisset, que trazó una teoría universal basada en una fonética intraducible. Tal consistente inconsistencia nos deja un legado de poética ’patafísica en el que zambullirnos. Será entonces difícil aceptar que el tarot de Marsella no necesitó el gesto consciente de sus hacedores para que los franceses encontraran en sus imágenes el mismo juego que encuentran en las palabras, pero no entremos en esos vericuetos. ¡Quizás sea mejor pensar que Noblet, Dodal, Conver y el resto eran también ’patafísicos!
Enrique Enriquez, Nueva York, Julio 2010
* He optado por referirme a mi en la primera persona del plural para significar que estoy en total acuerdo conmigo mismo.
(El trabajo de Enrique Enriquez (Caracas, 1969) con el tarot de Marsella (un auténtico best-seller ’patafísico) no le ha reportado ningún premio, reconocimiento, bonanza económica o consideración social alguna. Es gracias a esta prolongada calma que ha podido enfocarse en la belleza de esas imágenes con una pasión y un rigor que los sobresaltos de la prosperidad hubiesen hecho imposible.)